Escrito el 11-02-2008
Archivado como (Editorial, Futbol, Emelec, Barcelona) Por Idolos del Astillero

http://www.eldiariony.com/webeditorial/Webimage.ASP?id=350045Había pasado ya de los 90 años y en su vida se podía resumir un capítulo muy importante de la historia del fútbol, no sólo de su país, Uruguay, sino de América y el mundo. Hugo Bagnulo fue un personaje que despertaba adhesiones donde quiera que iba porque a su paso dejaba recuerdos de gran entrenador, gran personaje y gran caballero.

Aparte de los que despertaba por su andadura en las canchas de fútbol desde 1936 en que apareció con la casaca de Central Español cuyos colores defendió primero que a ninguno y que fueron los mismos que lo acompañaron, junto a la bandera de Peñarol en su último viaje hace pocos días.

En 1948 empezó su carrera de entrenador. Digámoslo así porque los directores técnicos, esos sombríos inventores de pizarras mentirosas, no nacían todavía. Su primer club fue el Danubio, del que había sido también jugador. Después vinieron muchos: Defensor, Rosario Central de Argentina, Central Español, Alianza Lima, Huracán Buceo, Bellavista, Nacional, la selección uruguaya.

Pero no hay duda que su grandeza la alcanzó dirigiendo a Peñarol de Montevideo en el arranque de un ciclo inolvidable. Hugo Bagnulo fue el iniciador del ciclo histórico que empezó en 1958 y que duró hasta 1970, para reempezar luego en 1973 hasta alcanzar la gloria nuevamente en 1982 cuando consiguió otra Copa Libertadores de América y otra Copa Intercontinental con el maestro Bagnulo en el banco.

En 1958 Peñarol quería reverdecer laureles. Una nueva hornada de dirigentes había tomado las riendas, entre ellos dos personajes simbólicos de la historia “mirasol”: Gastón Guelfi y Washington Cataldi. Ellos entregaron la dirección del equipo a Hugo Bagnulo con el encargo de ser campeón. Bagnulo aceptó el reto y lo cumplió: logró la corona en ese año y volvió a la carga de 1959.

Para nosotros, los ecuatorianos, el nombre de Hugo Bagnulo tiene una significación especial. Para la inauguración del Estadio Modelo, en Guayaquil, los organizadores de la fiesta invitaron a Peñarol y Huracán para un cuadrangular con Barcelona y Emelec. Juan López, el técnico uruguayo del Mundial 50 y del “Maracanazo”, se hallaba preparando a la selección ecuatoriana que iba a participar en el Sudamericano Extraordinario de 1959.

López, un auténtico conocedor del fútbol muy distinto a los técnicos verborrágicos de hoy, le había hablado a Guelfi de un moreno que era un diamante en bruto. Se llamaba Alberto Spencer y era joven rápido y gran cabeceador. Todo quedó en la carta que Juanito le hizo llegar al presidente de Peñarol.

El día de la inauguración del estadio Spencer hizo el primer gol de la historia en ese escenario. Un pique suyo, electrizante, hizo quedar como carretas a los defensas de Huracán. Llegó al arco de Taibo y lo fusiló. Bagnulo se sorprendió de la velocidad y la definición del ariete que reforzaba a Barcelona.

Dos días después Bagnulo pasó de la sorpresa a la certeza. En el partido con Peñarol Spencer llegó al area a gran velocidad y pescó un centro. Lo bajó con gran clase pero no dejó que el balón boteara, lo dominó y cuando salía el gran William Martínez le hizo un “sombrero” espectacular. El arquero Bernardicco, que había confiado en la solvencia del gigante Martínez, salió a tratar de bloquear a Spencer y éste le hizo otro “sombrero” para marcar uno de los goles más bellos que recordemos.

Al final del partido Bagnulo le pidió al jugador argentino Roberto “Pibe” Ortega que lo llevara al camerino para hablar con el jugador ecuatoriano. Allí entre el olor a linimento Spencer aceptó fichar por Peñarol por diez mil dólares y se inició la carrera que lo llevó a ser uno de los mejores jugadores del mundo en todas las épocas y el eterno goleador de la Copa Libertadores de América.

Cómo habrán recordado todos esos bellos intantes “Cabeza Mágica” Spencer y don Hugo Bagnulo al encontrarse en alguno de los estadios que debe haber en el cielo.

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